
"En la vida no hay felicidad completa,
sólo hay ratos felices"
(Remar) |
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Aseguran los sabios orientales que cuando el príncipe Ibrahim nació, los augures le vaticinaron que moriría al cumplir 18 años.
Su creyente padre, el Rey, organizó la vida de Ibrahim de modo que pasara por todas las experiencias vitales –el amor, la guerra, las cacerías– desde su infancia.
A los 16 tenía nueve esposas, veinte concubinas y setenta y siete hijos, comandaba el ejército y había matado nueve leones y tres tigres.
El palacio estaba tan iluminado que incluso en medio de la noche parecía de día, e Ibrahim dormía solamente dos horas cada veinticuatro. El día que cumplió 18 años, extenuado, exhausto, su corazón fatigado no resistió la intensidad de su vida y dejó de latir. |
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Un maestro oriental que vio cómo un escorpión se estaba ahogando, decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo, el escorpión le picó. Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó, y el animal cayó al agua y de nuevo se estaba ahogando. El maestro intentó sacarlo otra vez, y otra vez el escorpión le volvió a picar.
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Era ya el final del verano, las flores escaseaban, y las abejas con sus despensas llenas iban disminuyendo su actividad, preparándose para los fríos otoñales, cuando una terrible tormenta se desató en el monte. La lluvia fué tan intensa, que una parte de la colmena quedó bajo el agua.
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Un padre económicamente acomodado, queriendo que su hijo valorara lo que tenía y supiera lo que es ser pobre, lo llevó para que pasara un par de días en el monte con una familia campesina amiga. Pasaron tres días y dos noches en su vivienda del campo. En el carro, retornando a la ciudad, el padre preguntó a su hijo: -¿Qué te pareció la experiencia?... -Buena, contestó el hijo con la mirada puesta a la distancia. - Y... ¿qué aprendiste?, insistió el padre...
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